A través de mis escritos, aprendiste a reconocer mis estados de ánimo y ya con la primera frase, te convertiste en un experto a la hora de adivinar si ese día llevo una sonrisa colgada de mi boca, si comparto atardeceres con la melancolía o se me oscurece de nubes la mirada presagiando tormentas.
Me conoces bien, lo sé. Por eso sabes que independientemente de lo que sienta, cada día de mi vida escribo para ti. Y hoy, no será la excepción.
Mientras preparo la hoja inmaculada, las palabras se agolpan en mi mente, ansiosas por encontrarte y contarte lo que siento.
Sonrío levemente al imaginar que ahora mismo te acomodas en tu butaca y devuelves mi sonrisa iluminando mis primeras palabras como el sol de una tarde de verano.
Te acuerdas de la primera vez? No podía disimular mis nervios, las manos me temblaban al escribir y las palabras parecían inconexas, como si algo faltara para darles significado. Entonces me di cuenta. Faltabas tú.
Tu presencia provocaba temblor en mi voz y salvajes latidos en mi corazón, pero poco a poco, tu predisposición, tus ganas de escucharme, tu ansia de saber, tu paciencia, tus intentos por descifrarme, en definitiva tu sed de letras, me mostraron otras sensaciones.
Y comencé a escribir sobre mis sueños y a pintar los cielos de rojo y las nubes de verde solo para verte sonreír.
Y escribí sobre mares lejanos y amores ausentes para poder acariciar tu mano y dibujar con mi dedo las letras que siempre llevo escondidas para ti.
Fue divertido ver como un hilo de la pulpa del melocotón de mi poesía rodaba por tu mentón mientras reías a carcajadas con mis locas aventuras de adolescente rebelde y extraviada.
Y también melancólico cuando luchabas por mantener los ojos secos mientras acariciabas el cielo de unas letras tristes que escapaban de la tierra plagada de desengaños y mentiras.
Y escribí sobre princesas guerreras y héroes de manos duras y miradas tiernas que se parece tanto a la tuya cuando te descuidas y miras para otro lado.
Y me inventé paseos larguísimos por jardines multicolores impregnados de aroma a primavera para engañarte los domingos grises y lluviosos del otoño.
Entonces, escribir para ti dejó de ser una tarea, un oficio, una acción y se convirtió en la esencia de lo que soy. De lo que eres. De ti y de mí.
Porque escribo por ti, para ti, en ti. Tú eres mi lector y sin ti, no soy nada.







